Este chileno patiperro que ha trabajado con éxito en Nueva York, Praga y Londres es uno de los coreógrafos más destacados del país. Este año le corresponderá abrir la Temporada Oficial del  Ballet Nacional Chileno con un estreno mundial que comenzó trabajar en enero con la compañía, lo que considera un honor y un gran desafío.

José Vidal

Su relación con el BANCH no empieza ahora ya que desde niño no se perdía las presentaciones que la principal compañía de danza contemporánea del país realizaba en su Valdivia natal. “Siempre estuve ligado a la danza”, dice. Sin embargo,  antes de hacerla parte de su vida recorrió caminos muy lejanos a esta expresión artística.

“Los principales recuerdos de danza que tengo de mi niñez en Valdivia son del Ballet Nacional Chileno, cuando iba a presentarse en la ciudad donde nací. Se fijaron en mi mente imágenes imborrables de sus actuaciones. Verlos me provocaba un gran goce estético”, dice José Vidal, un artista ligado a la danza desde su infancia a través de la influencia que generó en él ser hijo de una mujer dedicada ciento por ciento al arte del movimiento.

Siempre estuvo atento a las actividades del BANCH y tomó contacto con algunos de sus bailarines. Por eso considera un honor haber sido invitado a abrir la Temporada 2013 de la compañía con un estreno mundial que trabajó durante todo enero y que retomará en marzo para estrenar el 18 de abril. “A sido un encuentro suave, relajado, muy placentero. Una preparación para lo que será la obra. Estará basada en un tema que ha sido recurrente en mi labor artística: la comunidad. Quiero hacer que este grupo de 23 personas se convierta en un solo cuerpo y que dancen con su espíritu, no con su ego. Aquí el protagonista será el BANCH”, enfatiza.

“Trato de que aparezcan los seres humanos y que entiendan que conforman una comunidad de personas, como las células y los planetas. Es una obra que estará todo el tiempo en movimiento. Les hablo mucho del agua y del viento, de lo que está ocurriendo cerca suyo, de cómo dejarse permear, de no permanecer rígidos con lo que está pasando alrededor. Con mi asistente, Paula Sacur, hemos puesto el acento en ablandar los cuerpos, soltarlos más”, agrega.

Para la música original que hará Angélica Vial tiene la idea de usar Mantras intervenidos electrónicamente. Catalina Devia estará en vestuario, iluminación y escenografía y artistas del área audiovisual probarán software para la ambientación.

José Vidal ha  estado muy cercano a disciplinas de meditación que aplica en su trabajo. “Entrar en un estado meditativo era fundamental para que mi trabajo funcionara. A través de la respiración, uno logra que la gente contemple, que no esté esperando que le hagan el fuego artificial. Hay que traer a las personas de vuelta, ya nadie se detiene a mirar las nubes, contemplar  los árboles ni el deambular de la gente en la calle. Hay demasiada prisa”, manifiesta.

UNA VIDA DANZADA

Cuando niño recorría la hermosa casona de la Escuela de Danza de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Austral, donde su madre,  Ana María Cabello trabajaba. Ella lo llevaba a veces junto a su hermano a la Facultad. Allí recorrían las salas donde ensayaban los artistas. “Desde nuestra altura veíamos las piernas de los bailarines y me parecía maravilloso”, rememora Vidal.

“Tomé clases en la Escuela del Ballet Municipal de Valdivia donde si bien la base fuerte era el  ballet clásico, también existían las ganas de investigar y en los trabajos finales siempre había una nota moderna, más contemporánea”, afirma el coreógrafo que además aprovechaba cada visita de bailarines destacados que viajaban desde Santiago para tomar clases con ellos.

Cuando el BANCH volvió a Valdivia años después un ya adolescente José Vidal se  “coló” a una clase de la compañía ayudado por sus ganas y sus influencias. Ese día los ojos de los maestros tenían que fijarse en una promisoria figura que querían reclutar, pero la sorpresa fue que lo eligieron a él. Claro que rápidamente tuvo que aclarar que no era el postulante.

Pese a estas vivencias, a la hora de elegir una carrera optó por estudiar antropología en Valdivia y luego se cambió a sociología en Santiago.  Pero los caminos siempre lo llevaban a la danza. La facultad de sociología de su universidad quedaba muy cerca de la Academia de Danza Espiral que dirigía el Maestro Patricio Bunster. No tuvo que pasar mucho tiempo para que se hiciera visita “habitual” de clases y cuanta presentación allí había.

Estaba terminando sociología cuando tuvo la oportunidad de ver una actuación de la Séptima Compañía de Luis Eduardo Araneda. “Ahí claramente descubrí que eso era lo que yo quería. Tenía claro que estaba capacitado para ingresar, pero Aravena me sugirió que estudiara en Espiral, que yo llevaba tres años visitando. Entonces tomé una clase con el tercer nivel y me becaron. A cambio tuve que pintar la Academia durante todo el verano con otro compañero becado”, recuerda.

Atrás quedaron la antropología y la sociología, pero nunca estuvieron demás, dice.  “Estudiarlas me permitió ver de otra manera el mundo. Todo lo aprendido se refleja de algún modo en mi manera de trabajar”.

Después de un año y medio de estudios en Espiral todo comenzó a ser vertiginoso. “Vino de paso a Chile Marcelo Sepúlveda, ex alumno de la academia que fue becado para estudiar con Claude Brumanchon y que después bailó en la compañía de Maguy Marin. Me vio bailar en una fiesta y me invitó a trabajar con él, fue muy lindo porque había otra bailarina panameña amiga suya que bailó después con Min Tanaka, un exponente muy importante de la danza Butoh. Nos fuimos a vivir los tres juntos y montamos  Tríangulo Sepia, un trío que Elizabeth Rodríguez nos invitó a  mostrar en la sala Agustín Siré, antes de su espectáculo. Ella me invitó luego a trabajar con su compañía, pero luego vino a Chile el American Dance Festival y me becaron para partir a North Carolina el año 96”.

Los tres meses en el  American Dance Festival, (“un summer school con profesores y compañías de todo el mundo”),  le permitieron hacer importantes contactos que mantiene hasta hoy.  Siguió a Nueva York junto a Francisca Sazié, su pareja entonces, para trabajar y tomar clases con maestros que les interesaban. Cuando la  visa  venció no quiso volver a Chile.  Le escribió a amigos que conoció durante el American Dance Festival. Primero trabajó con una compañía checa en Praga con la que recorrió Bruselas y otras  ciudades belgas, Alemania, Polonia, Londres y  Luxemburgo.  Hasta que recibió el llamado de la compañía catalana Trànsit de María Rovira y decidió irse definitivamente a Barcelona. No obstante el choque de caracteres entre ambos recipitó su regreso al país, luego de negarse a renovar el contrato con la compañía española.

Vinieron seis años en Chile de mucha actividad que le permitieron montar sus obras  Espacio Invertido, Aurelio y Aurelia, Pantalones grises y Pichanga, entre otras.  Hasta que una nueva beca le permitió partir nuevamente al extranjero. Esta vez para hacer un magister en coreografía en Londres. Fueron seis años de gran riqueza creativa que le permitieron montar varias obras suyas en importantes salas internacionales.

Hoy lo tenemos en Chile donde es un referente para nuevas generaciones de coreógrafos y, en estos días, estará nuevamente frente a los bailarines del Ballet Nacional Chileno para reiniciar una relación que nació para no terminar.

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