El maestro Luis Orlandini regresa al Teatro Universidad de Chile luego de dos años de haber ofrecido su último concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, conjunto con el que se ha presentado en numerosas ocasiones.
Esta vez interpretará una renovada versión de Rapsodia para días de duelo y esperanza, del compositor chileno Darwin Vargas. La obra, que constituye una de las primeras composiciones chilenas para guitarra y orquesta, fue estrenada en 1962, y desde entonces no ha vuelto a ser tocada.
De este modo, el concierto se presenta como un esperado reestreno de la mano de este destacado guitarrista, que viene a rescatar una parte importante de la historia musical chilena junto a la Sinfónica Nacional, acompañado además de su fiel guitarra de 1990, creación del luthier chileno Rafael Mardones y cuerdas Hannabach.

La relación que mantiene con la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile es cercana y de larga data. ¿Qué ha significado para Ud. trabajar con este conjunto?
Mi relación con la Sinfónica ciertamente ha sido cercana y se remonta a 1986, cuando por primera vez actué como solista en la Temporada Oficial, en aquellos años en el Teatro Astor. Justamente fue con una obra del gran compositor chileno Alfonso Letelier Llona, su Concierto para Guitarra y Orquesta de 1960. Desde ese momento he actuado con ella muchas veces y he tenido oportunidad también de grabar varias obras que han sido editadas en discos.
Siento que esta Orquesta me ha acogido siempre con generosidad y con ella he podido desarrollarme como artista en este formato tan hermoso y dinámico como lo es el de solista con orquesta. Por otra parte, he podido cumplir con uno de mis objetivos artísticos más grandes, que es que la guitarra clásica tenga un espacio permanente en las temporadas de la Sinfónica y de todas las orquestas de Chile.

La última vez que se presentó con la Sinfónica fue el año 2015, interpretando Fuente del Alba, de Mauricio Arenas. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue una aventura pues se programaba una obra en estreno, sin saber cómo sonaba, una verdadera apuesta. En ese sentido, tanto el CEAC como la Orquesta confiaron en mi criterio y eso lo valoro inmensamente. El resultado fue una hermosa colaboración con el director Yaov Talmi, quién puso todo de su parte para generar una versión muy comprometida. La Orquesta, como siempre, tuvo la mejor disposición y contribuyó al mismo objetivo.

Uno de los aspectos que destaca en su carrera es el rescate de obras de compositores nacionales. ¿Cómo surgió ese interés?
Mi relación con la música chilena surge de la necesidad íntima de poder ser parte de mi propia cultura y de la creación de los compositores chilenos. Me ha hecho sentir vivo, que soy parte del desarrollo musical de mi país, aportando mi propio grano de arena. La primera obra que estrené fue la Fantasía op.25 del maestro Carlos Botto, y desde entonces he estrenado, grabado y difundido más de un centenar de obras en todos los formatos, algunas de las que han tenido una difusión permanente. Un ejemplo son los conciertos de Alfonso Letelier y de Celso Garrido-Lecca, grabados con esta Orquesta, los que son de gran valor artístico y que generan un vínculo profundo con nuestras raíces culturales.

¿Cuál es su visión respecto de la difusión de compositores chilenos en la actualidad y cómo ve la recepción del público?
Mi visión es, en primer lugar, que un intérprete debe ser parte de su cultura local y por cierto de su tiempo a nivel global. Por ello, la difusión de nuestros creadores musicales debe ser nuestra prioridad, y lo digo pensando en todos los intérpretes chilenos, más allá de mi caso en particular.
El público asimismo debe ser parte de este triángulo virtuoso: creador/ intérprete/ auditor, que permite hacer circular las composiciones musicales dándoles una validación en su propio espacio y cultura. He constatado que el público en general lo agradece y valora. Siempre es más complejo y exigente escuchar obras nuevas, obras contemporáneas, que se alejan de los cánones clásico-románticos. Al hacerlo en forma regular, tendremos un público que conoce, aprecia y disfruta conociendo las nuevas tendencias de los creadores. En ese sentido, creo que la Orquesta Sinfónica Nacional ha jugado un rol fundamental en este desarrollo musical en Chile.

Junto con sus actividades como concertista realiza giras, dicta clases magistrales, es profesor y además Director de Extensión y Comunicaciones de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Con todo aquello, imagino que lleva un ritmo de vida algo intenso. ¿Le resulta complejo?
Sí, muy intenso. Soy un agradecido de la vida que he vivido, de mi familia, de mis padres, de las oportunidades que he tenido para desarrollar mi actividad artística. Lo hermoso es que cada actividad va potenciando las otras y hoy no me imagino mi vida de otra manera. Es complejo hacer tanta cosa distinta simultáneamente, pero he terminado por acostumbrarme. El único secreto para que ello resulte bien es ser muy organizado y planificarse con mucha anticipación. Ser profesor ha sido tremendamente estimulantes y lo es cada vez más. También debo mencionar que los asuntos de administración universitaria han sido un foco de mi actividad desde hace ya muchos años. De esta manera, la Universidad de Chile, y principalmente la Facultad de Artes, ha sido mi segunda casa, donde he desarrollado gran parte de mi actividad y he recibido el más irrestricto apoyo para desarrollar mi carrera en Chile y el extranjero.

La obra que interpretará en esta ocasión fue estrenada en 1962 y desde entonces no ha sido tocada. ¿Qué lo motivó a escoger esta obra y cómo la describiría?
Esta obra, que fue estrenada por don Arturo González Quintana  – uno de los próceres de la guitarra en Chile – tiene una historia muy interesante.
En los cincuenta y sesenta la guitarra clásica en Chile tuvo su primera época de esplendor, y justamente los compositores antes mencionados – junto con Gustavo Becerra y Darwin Vargas – le dieron impulso al escribir sendas obras para guitarra y orquesta. Antes de ello, sólo teníamos el ejemplo de Jorge Urrutia Blondel, que en su “Pastoral de Alhué” incluyó una guitarra en la orquesta, como un color más. Tuve el privilegio de conocer al maestro Vargas en sus últimos años de vida y alcanzó a dedicarnos, a Alfredo Mendieta y  a mí, su obra “Ariasonatalba” para Flauta y Guitarra. Años después, gracias al Dr. Jorge Rojas Zegers pude tener acceso al manuscrito de la Rapsodia que interpretaré ahora, obra que luego de su estreno sufrió algunos cambios que el compositor consideró apropiados. Entonces la versión que escucharemos es nueva, la que don Darwin Vargas hubiera querido escuchar, y espero pueda hacerlo desde otra dimensión.
La obra es un recuerdo del terremoto de Valdivia de 1960 y de la tragedia que se vivió allí. La orquesta simboliza la tierra, con su poder destructor, y la guitarra al hombre, con su lucha por sobrevivir ante tal cataclismo. Por esta razón, esta obra tiene un contenido testimonial de nuestra historia reciente que rara vez se escucha en nuestra música.  Por to tanto, la preparación ha sido de mucho compromiso pues quiero que pase a ser parte importante del repertorio nacional y que las nuevas generaciones de guitarristas la puedan apreciar, valorar y ojalá seguir interpretándola.